Fue en el tren sin destino
viajando a donde nadie sabe.
Fue en la estación «Los latidos»
donde subió mi diamante.
Subió y la vi sin ropa
y ella estaba sin desnudarse,
pero me asomé a su boca
y vi su alma sin ropaje.
Subió y se sentó al lado mía
sin más, pues no tenía equipaje,
solo tenía en un bolsillo
infinitas razones de enamorarme.
Me saludó y el camino se hizo ameno
empezó a reírse y hablarme,
sentí que todo era bueno
y me sentí por fin importante
Pasaron mil paradas y ella
me iba alegrando el viaje.
Me olvidé de la cuesta arriba
y ella me empujó para adelante.
Viendo sus ojos pensé:
quiero no dejar de oír su voz,
ojalá no se baje del tren
y vayamos juntos a la misma estación.



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